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Viernes, 28 de diciembre de 2001

VISTO / OÍDO | EDUARDO HARO TECGLEN

DIARIO 'EL PAÍS' DE MADRID

Populismo

análisis de la semana que Rodríguez Saá ocupó el gobierno nacional de Argentina

El actual sentido de la palabra 'populismo', que se utiliza ahora en España para acusar al nuevo Gobierno argentino, es el de 'fascismo', y tiene relaciones con 'demagogia'. Aparte de su genealogía y de algunos datos históricos, tienen parecidos muy fuertes: el populismo trata de una relación directa del pueblo con el Gobierno, sin intermediarios; denuncia a los políticos y las formas democráticas como 'corruptas', no de una manera teórica sino empírica; declara que su moral es la del pueblo y promete cumplirla, sin importarle lo posible ni el tiempo de la promesa; acusa al pasado de la desgracia actual -cuando la hay: y casi siempre la hay- y promete castigos. El peronismo fue un populismo, porque prometió cosas a los pobres, a los 'descamisados', y conectaba bien con los fascismos de entonces: sobre todo con Franco, tan visitado por sus creadores, tierra de exilio y luego de momificación de Evita. Le odiaron los ricos: los ganaderos, los terratenientes. El populismo repartió otra corrupción entre los suyos, arruinó el país; luego lo arruinaron los radicales, y después los militares (abreviando el proceso histórico), que terminaron con todo. Y los civiles... . Saá es peronista; tiene el viejo populismo argentino dentro y lo añade al nuevo. Hace promesas, acusa al pasado, se alza contra la corrupción, y acaba con la ley que impedía la extradición de los asesinos militares y recibe a las madres de la Plaza de Mayo; pero no he oído que piense él mismo en juzgar a esos asesinos. Que lo haga Garzón.

Dada la situación actual del país y su herencia del pasado no me parece mal este intento; únicamente me resulta increíble, y me parece que el presidente provisional por un golpe de Estado legal, con un tiempo brevísimo, no podrá cumplir con ninguna de sus promesas. Cuando veo los gestos de sus discursos y las palabras que pronuncia, mi vertiente dramática me hace considerarle como un mal actor -como el presidente de Venezuela, con su populismo de izquierdas-, de aquellos a quienes se nota que están fingiendo. Tiene una ventaja: peor no puede ir el país.

(No, esta frase última es profesionalmente aceptable para terminar un articulillo, pero no es verdad. En el censo de países más empobrecidos, peor gobernados, con más víctimas, existen muchos. Es grave que algunos de América, y muchos sectores de ellos, estén ya cayendo hacia ese final).

 

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